En lo más hondo de Granada, en su médula, está presente la actitud creyente desde antiguo. Es como un sello imborrable. En todas las etapas de su historia ha trascendido las cosas visibles y ha certificado con su fe la existencia de un mundo superior, si bien invisible. Así en la época romana como en la visigótica, en la musulmana como en la cristiana, los granadinos se sintieron interpelados por el misterio de Dios.
Una mujer excepcional
El cristianismo ha presentado siempre a sus seguidores la figura de una mujer singular, situada en un puesto de privilegio. De ascendencia judía pero emparentada con el Mesías Salvador, hasta el grado de ser su madre. Confiada y humilde, participó en los avatares de su Hijo por los caminos de Palestina y adquirió con ello una anchura tal de maternidad que ha traspasado los límites de su aldea natal. Desde Nazaret y desde el siglo primero de nuestra era, escenario de su vida histórica, se remonta a todos los confines del tiempo y a casi todos los rincones del planeta. En las primeras comunidades de cristianos se le acogió por madre común y desde entonces está al frente de la gran familia creyente.
Cada pueblo que se adhiere al mensaje evangélico, la tiene como el mejor espejo para seguir al que, siendo fruto de sus entrañas, ha venido de lo alto. Al hilo de su biografía, por su excelencia, se han multiplicado los nombres para llamarla. Imposible agotar su grandeza. Unos recuerdan sus días felices: Virgen de la anunciación, de la alegría, de la victoria, de la esperanza, de las maravillas. Otros, por el contrario, reflejan sus capítulos amargos: Virgen de los dolores, de las penas, de las angustias.
Dos nombres en uno
Entre nosotros, como en otras muchas iglesias locales, la apelación a sus angustias ha predominado, hasta el punto de fundirse en los cimientos de nuestro espíritu. Granada y Angustias son dos nombres en uno, como si de un matrimonio espiritual irrompible se tratase. Esta unión tiene su explicación histórica, con arranque en la llegada de los Reyes Católicos. Como tiene también su manifestación sentimental en el fervor continuado del pueblo, tanto en los días ordinarios como en las fechas memorables. Lo mismo se expresa en la onomástica de tantas mujeres, como en la declaración solemne de su patronazgo. Aparece en la coronación canónica de 1913 y en las hornacinas de las callejas del Albaicín; en los rosarios de la aurora y en los traslados a la catedral; en la ofrenda floral de septiembre, en la iconografía doméstica y en la oración silenciosa ante la basílica en medio del bullicio de la Carrera. Son reflejos brillantes de la historia mariana de Granada, pero que, examinados desde la vertiente evangélica, son por sí solos insuficientes.
Más allá del icono
A los aspectos históricos, artísticos, iconográficos y sociales hay que añadir el componente teológico y moral, como clave explicativa de todos. El nexo entre Granada y la imagen dolorida de su devoción tiene que ser de raíz vital para que tenga pleno sentido y no se quede en flor de un día. María, la judía pobre y sencilla de siglos remotos, sigue siendo considerada mujer actual por su comportamiento ante Dios y por el acatamiento del proyecto de su Hijo. La teología afirma que vive ya bienaventurada en el reino al que fue asunta. Las imágenes son inventos amorosos de los artistas para apoyar nuestros sentidos. Son representaciones de su figura histórica, fundamentadas en los textos bíblicos. Tienen una función mediática, sin más. Quedarse, por tanto, en la ternura de sus ojos tristes, en la majestuosidad del desfile procesional, en el brillo de los bordados, en la esbeltez de los gladiolos blancos del trono o en los aplausos por las aceras, es quedarse lejos de la verdad de las Angustias. Es sí y, al mismo tiempo, no.
El pueblo va tras la imagen y se emociona al verla de cerca, pero mientras no sienta la sacudida interior que le lleve a ordenar su vida ante Dios, la devoción mariana anda todavía por los aledaños. Una madre no puede quedar satisfecha por las caricias de los hijos el día de su cumpleaños, si algunos andan por caminos torcidos, opuestos a los que los padres les enseñaron con su vida y con su palabra. No puede sentirse feliz, si entre los hermanos hay desavenencias, olvidos, enfrentamientos, desigualdades.
"Desangustiar" a la madre
La Granada de las Angustias, la que la tiene por reina y madre, debe mostrar su amor "desangustiando" a tan excelente madre, hasta el punto de convertirla en virgen del gozo. No es propio de buenos hijos añadir angustias a las ya padecidas. Jóvenes y mayores que, considerándose autosuficientes, viven como si Dios no existiera, como si de una antigualla se tratara.
Mientras la conducta colectiva de Granada no se oriente por caminos de superación espiritual y moral, mientras Dios no ocupe el puesto que le corresponde, y mientras la fraternidad y la concordia no sean una realidad creciente, Granada y "su" virgen se llamarán Angustias lastimosamente. Por el contrario, cuando todos se empeñen en el amor mutuo predicado por el hijo mayor de María y confíen en la salvación de Dios Padre, entonces su nombre será un recuerdo glorioso del pasado y Granada, aunque la llame Angustias, querrá decir madre feliz entre hijos felices.
Juan Sánchez Ocaña
Canónigo del Sacro-Monte
IDEAL/Granada, 30/09/2001
Canónigo del Sacro-Monte
IDEAL/Granada, 30/09/2001